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Origen y Mantenimiento de la Fobia Social

31 mayo, 2019 Deja un comentario

Mi teoría acerca del origen y Mantenimiento de la FS

Desde que la fobia social se reconoció por primera vez como una entidad diagnóstica por el DSM-III en 1980, su definición no ha cambiado, ha permanecido exactamente igual: “Miedo o ansiedad intensa en una o más situaciones sociales en las que el individuo está expuesto al posible examen por parte de otras personas”. Esta definición de fobia social, utilizada en toda la investigación y literatura científica de los últimos 40 años, define la fobia social como un miedo situacional, es decir, que el miedo consiste en ser visto mientras se realiza una actividad de naturaleza social, como ser observado comiendo o bebiendo en público, firmar delante de otra persona, reunirse con personas extrañas, actuar delante de otras personas, por ejemplo cantar, bailar, etc.


Nosotros pensamos que la definición presentada por el DSM no es correcta. Para nosotros la fobia social no es un miedo situacional sino un miedo relacional, es decir, el miedo no consiste en “ser visto” en situaciones sociales sino en relacionarse con personas; el fóbico social teme relacionarse con todas las personas, en todo momento y en todo lugar. Es el miedo a relacionarse con personas lo que realmente da cuenta de la gravedad del trastorno. Pensamos que el error de definición presentado por el manual diagnóstico ha sido la causa fundamental por la cual, a día de hoy y después de 40 años de investigación, la fobia social permanece siendo un trastorno desconocido, mal diagnosticado, mal tratado y mal comprendido tanto por pacientes como por terapeutas y por la comunidad científica en general.

Algunos problemas evidentes con la definición actual de fobia social es que ha llevado a la casi totalidad de investigadores a desarrollar modelos explicativos de fobia social que la presentan como un trastorno puramente aprendido, a través del condicionamiento clásico, operante y otras formas de aprendizajes. También a llevado a la conclusión que la fobia social es solamente producto de un conjunto de creencias erróneas atribuibles a los propios afectados y que la simple restructuración de estas creencias produciría la eliminación de los síntomas. O, debido a que se define erróneamente como miedo a exponerse a situaciones sociales la terapia más indica para su tratamiento debe ser, entonces, la terapia de exposición. Para nosotros nada de lo anterior es cierto, nuestra postura es que la fobia social no es un trastorno aprendido sino un trastorno adquirido (surge y se manifiesta con toda su intensidad en cosa de días, no como un largo proceso de aprendizaje), con una base biológica importante (hiperactividad de la amígdala cerebral, reversible pero biológico en su naturaleza). En suma, mientras se asuma erróneamente que la fobia social es un miedo aprendido a exponerse a situaciones sociales, ni la terapia cognitivo conductual ni la terapia de exposición pueden ser efectivas.


Existe una discrepancia enorme entre la efectividad de las terapias que se publican en diferentes estudios científicos y la percepción de efectividad que las personas afectadas tienen sobre dichas terapias; para los afectados de fobia social las terapias simplemente no funcionan como se les promete y en la mayoría de los casos se los culpa a ellos de ser quienes no ponen el esfuerzo suficiente para mejorarse. Da la impresión que tanto terapeutas como investigadores evitan activamente tomar conocimiento que las terapias actuales, “empíricamente validadas”, no funcionan en la población general como supuestamente funcionan en los estudios de investigación.


Pensamos que un cambio de paradigma acerca del origen y síntomas de la fobia social es necesario para no continuar en la misma dirección que se ha tenido en los últimos 40 años de investigación sin haber logrado resultados que signifiquen un verdadero alivio para quienes padecen este trastorno. Esto obligaría a reevaluar el conocimiento actual sobre la fobia social y abrir las puestas a nuevas, más innovadoras y más eficaces formas de terapia.

Nuestra propuesta sobre el origen y mantenimiento de la fobia social

El origen de la FS está en la interacción de dos causas fundamentales. La primera es un sentimiento profundo y perverso de no ser querido y, la segunda, es una predisposición genéticamente heredada a la hiperactividad de la amígdala cerebral.

Lo más probable es que el sentimiento de no ser querido se haya consolidado en la niñez durante los 10 primeros años de vida. Este no se vive como algo racional, consciente, sino que se acarrea desde la niñez a nivel de carencia emocional, sin tener consciencia de ello, fuera del conocimiento consciente. Durante los 10 primeros años críticos de vida el cerebro emocional hace un promedio de todas las experiencias de afecto, cariño y amor recibidos, principalmente de la madre, y luego este promedio pasa a ser parte de sí mismo, parte de la personalidad, constituye la realidad de quién es porque es la única realidad objetiva e “incuestionable” que conoce, que le ha tocado vivir.

Este promedio de amor recibido lo acompañe por el resto de su vida y tendrá un rol determinante en todos los aspectos de la vida. Si es positivo, la persona se sentirá querida y segura de sí misma a la hora de relacionarse y vincularse con los demás. Pero si por el contrario, este promedio de afecto y cariño es negativo, la persona se sentirá no querida, quizás  por el resto de su vida, y el mundo le será un lugar hostil donde las personas lejos de ser fuente de felicidad serán motivo de angustia, ansiedad e inseguridad.

El sentimiento profundo y perverso de no ser querido, entonces, sería la causa de mayor peso que explicaría el origen y mantenimiento de la fobia social. Cuando el niño tiene que relacionarse por primera fuera del ámbito familiar por primera vez con otros niños que no conoce, con gente extraña, el sentimiento de no ser querido se interpondrá en forma determinante. Se sentirá inseguro a la hora de tener que establecer jerarquías de liderazgo, de poder, de lucha por dominancia a la hora de decidir con quién jugar, a qué jugar, establecer reglas, formar grupos, lidiar con la agresividad y desafíos de compañeros, etc. Esta experiencia profundamente traumática de no sentirse apto para desenvolverse socialmente con pares sería, entonces, lo que provoca el encendido e hiperactividad de la amígdala marcando así el inicio de la fobia social.

Síntomas de la fobia social clasificados en 6 grandes grupos:

  1. Miedo y ansiedad intensa hacia las personas.
  2. Sentimiento de ser juzgado, criticado, humillado.
  3. Sentimiento de ser rechazado, apartado, excluido.
  4. Sentimiento de no valer, ser inferior a los demás.
  5. Incapacidad de sentirse amado, dar y recibir afecto.
  6. Incapacidad generalizada de relacionarse socialmente y de establecer vínculos afectivos.

Un ser humano que no sea querido, no puede funcionar como ser humano.

Consecuencias de no sentirse querido:

El mundo es un lugar hostil

No me puedo relacionar con gente

Soy yo el que se aleja de los demás

Pienso que los demás son fríos conmigo

Me siento menos que los demás, inferior

La gente me causa una ansiedad terrible

Pienso que los demás me quieren agredir

Busco alejarme, aislarme de las personas

Tengo que actuar para hacerme el querido

Tengo que trabajar para ganarme la aceptación

No entiendo porque alguien quisiera mi amistad

No puedo ser feliz, reírme a carcajadas, compartir de igual a igual

Pienso que todos me quieren criticar, juzgar, rechazar, apartar, excluir

Veo a los demás como personas insensibles, crueles, dispuestos a agredirme

Ventajas de saberlo:

Puedo dejar de actuar y ser yo mismo

Puedo dejar de pensar que todos me critican y me rechazan

Puedo desactivar el miedo a las personas

Paz infinita por saber el origen de mi trastorno social

Me permite entenderme y quererme

Me produce orgullo superar mi trastorno

Puedo salir a la calle tranquilo

Puedo relacionarme tranquilo

Me permite desactivar los síntomas de la fobia social.

Terapia:

En términos muy simples; cuando se toma conciencia que la causa de la FS y del miedo a las personas es provocado por un sentimiento profundo y perverso de no ser querido, todo comienza a cambiar y la sola comprensión comienza a desactivar los síntomas. Entiendes que necesitabas actuar para ganarte el afecto y aceptación de los demás y porqué ya no necesitas actuar. Entiendes el origen del miedo a las personas y que no es cierto que los demás quieran juzgar, rechazar, apartar, etc, sino que eres tú el que crea estos sentimientos en tu propio cerebro a partir de no sentirte querido.

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Yo padecía prácticamente todos los síntomas de la fobia social; el miedo a relacionarme con los demás —pensaba que iban a despreciarme por cualquier motivo, elucubraba que me veían feo o que pensaban de mí que era estúpido— me producía una profunda tristeza. A pesar de ello, me integré en un grupo de amistades, estudié y, finalmente, trabajé; pero todo lo conseguí con gran sufrimiento. Siempre digo lo siguiente: la mayoría de la gente se esfuerza para conseguir lo que desea; los fóbicos sociales sufrimos para conseguir nuestras metas. Hay cierta diferencia entre esforzarse y sufrir. Con las mujeres, bastante regular, aunque, no sé muy bien cómo, siempre había alguna que se interesaba por mí; pero imagínense mis padecimientos cuando tenía que intimar con ellas: no eran momentos de alegría, sino de tensión y angustia. La vida era un suplicio continuo; me costaba hacer prácticamente cualquier cosa: hablar por teléfono; preguntar una dirección a desconocidos; hacer una simple compra, etcétera. Tenía un miedo atroz a las críticas. Y esto degeneró en cierta misantropía, en cierto odio hacia las demás personas, algo comprensible si tenemos en cuenta que los fóbicos sociales experimentamos un miedo permanente; al final, acabas odiando aquello que te aterra.

Una de las cosas más preocupantes era que la gente me notaba ese miedo; me decían que caminaba por las calles agarrotado, con la cabeza gacha, o, peor, que contestaba con brusquedad o miraba con recelo.

Empecé a poner en práctica la terapia de Roberto, y desde los primeros ejercicios, noté una sorprendente mejoría; ya no sentía ese miedo persistente que me agarrotaba los músculos cuando caminaba por la calle, y conseguía hablar por teléfono o hacía otras simples tareas sin tartamudear, quedarme en blanco o temblar. No sentía miedo al relacionarme con otras personas ni inseguridad al conocer nueva gente; solo sentía la normal incertidumbre o los nervios completamente naturales sentidos por la mayoría en ciertas situaciones.

Eso sí, necesito ejercitarme continuamente; si por algún motivo dejo de hacerlo, padezco de nuevo los síntomas, si bien de una forma atenuada. El caso es parecido al ejercicio deportivo: si dejas de practicarlo, pierdes la forma. Supongo que esto dependerá de cada fóbico: algunos necesitarán ejercitarse continuamente; a otros les bastará con practicar la terapia de cuando en cuando; y, finalmente, otros simplemente necesitarán unas sesiones de terapia al principio y nada más.

Yo hago lo siguiente: confeccioné una lista con todos mis miedos (a hablar por teléfono, a dar una conferencia, a conocer gente, a relacionarme con mujeres, a dar mi opinión en medio de un grupo numeroso, etcétera); después, empiezo a poner en práctica la terapia con cada uno de esos miedos, uno a uno, cierro los ojos, imagino la situación aterradora y aplico la agresividad imaginada. Dedico unos veinte minutos más o menos cada día o cada dos días. Cuando tengo algún compromiso social, me centro en los miedos asociados a ese compromiso, y me ejercito un poco más de tiempo: media hora más o menos durante todos los días de la semana previa al compromiso.

Por supuesto, la terapia no ha eliminado los errores que, como todo el mundo, cometo con frecuencia; se trata de aceptar que nos equivocaremos muchas veces sin que esos errores o el miedo a las críticas que puedan suscitar nos paralicen o nos hagan infelices.

Deseo la pronta recuperación a todos ustedes y agradezco los esfuerzos realizados por Roberto. ¡Ejercítense, y verán cómo mejoran!

Un abrazo desde España,
Fernando.

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